sábado, 8 de septiembre de 2018

Decadencia

Decadencia, un término añejo como la historia, usado para ilustrar el ciclo vital de las cosas, que tarde o temprano termina. Vivimos el último periodo interglaciar que los geólogos llamamos Holoceno, el cual permitió el desarrollo de nuestra especie la cual floreció en todos los aspectos, alcanzó un nivel tecnológico muy alto que necesitó el desarrollo de fuentes naturales de energía fósiles, renovables y alternativas, las cuales inevitablemente ocasionan impactos en el medio ambiente, que hoy nos están cobrando una factura muy alta. Vamos camino a un incierto futuro donde lo que hemos hecho como especie sobre la tierra será inevitablemente medido y nuestra continuidad valorada. En la historia del planeta hubo ya cinco extinciones masivas de varias especies que nos precedieron y el planeta se las arregló para seguir su historia geológica. Esas cinco extinciones remarcan lo anotado sobre la decadencia de los ciclos como mecanismo de renovación vital y nada asegura que nuestra especie pueda seguir dominando el planeta. El comportamiento humano, sin embargo, siempre va a contramano y la humanidad actúa como si su permanencia estuviera garantizada. Esta ilusión a lo largo de la historia llevó a la debacle de imperios primigenios (Maya, Azteca, Incaico, etc.), al derrumbe de potencias económicas y a la derrota de revoluciones de las cuales solo queda el recuerdo. Parafraseando a Franz Kafka "Toda revolución se evapora y deja atrás solo el limo de una nueva burocracia".

Así las cosas no es extraño que se hable de luchar contra el cambio climático mientras jerarcas de las potencias mundiales anuncian la reapertura de complejos metalúrgicos energizados con carbón mineral, se nos vende la ilusión de acabar con el extractivismo en el camino a un mundo industrial más sano y sustentable pero se multiplican nuevas fuentes de producción de oro, plata, cobalto, litio, cobre, grafito y tierras raras, sin los cuales la dura competencia en los mercados emergentes de nuevas tecnologías no podría darse a ninguna escala. Hemos explotado gran parte del patrimonio superficial de estos metales y ya estamos mirando a los asteroides y planetas cercanos como futuros blancos de suministro de materias primas. Se nos impone el conocido eslogan de la maldición de los recursos naturales, pero, sin ellos los sueños de un mundo mejor parecieran ser solo eso: sueños.

Para aterrizar en los temas de esta columna, la minería nacional - tan cerca del cielo y tan lejos de los Estados Unidos - como dice el saber popular- no tiene presencia ni está en los ratings de la minería global, al presente tiene un componente de informalidad tan alto(85 % de las nuevas fuentes de trabajo creadas están en el sector informal de la minería según declaraciones oficiales en la prensa, La Razón 12.08.18) que pareciera que nuestra principal industria ha vuelto al pasado en el afán de salir de su condición de exportadora de materia prima y entrar en el circuito del uso tecnológico de nuestros metales. Esto último, se dice fácil desde un balcón, pero es muy duro de implementar cuando se viven los tiempos que corren donde la euforia política reemplaza al sesudo análisis de los problemas de la minería nacional. Habíamos tocado el cielo en los primeros años del siglo XX como país minero con los Barones del Estaño y hoy vivimos la decadencia del sector minero y vamos camino de confirmar la vigencia del ciclo ineluctable de las cosas.

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